(Germán Singerman)
Con los años, el cuerpo también evoluciona;
la percepción vacila y la relación con
objetos y sujetos no es la misma.
Aparecen dificultades imprevistas
hasta en los trámites más sencillos:
Gana lugar el desarrollo de la torpeza,
se pierde motricidad fina y con ella,
la seguridad en las acciones cotidianas.
Los sentidos se tornan engañosos, ya no
se puede confiar en ellos demasiado y
procuramos desarrollar otros
como instrumento de defensa, ante una
realidad cada vez más hostil y agresiva.
Cuesta definir con palabras la sensación
que se repite cuando no llegan las palabras,
o demoran en llegar a destino. La memoria
se esfuerza, busca las relaciones posibles
y resuelve como puede.
El cuerpo, la memoria, los movimientos
se enlentecen: acusan la evolución del
tiempo y demandan nuevas y sucesivas
adaptaciones.
Casi nada es lo que parece y nada parece
ser lo que era hasta hace poco, no podemos
precisar cuando…
Hasta las respuestas más simples y banales
ofrecen resistencia. Somos imprecisos,
percibimos la precisión perdida y vacilamos
en forma recurrente: una actividad que ocupa
una porción creciente de nuestro tiempo útil,
si hubiera tal cosa.
Iba a escribir un poema sobre las oportunidades
y los nuevos desafíos que propone la vejez.
Estaba listo, tomé la lapicera, pero no acerté:
Era la cola de una rata de la casa
(otra me hubiera mordido, como ya pasó,
pero ésta supo reconocer la torpeza propìa
de mi condición senil:
Me reconoció de la familia,
pertenecer tiene sus ventajas)
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