(Epifanio Weber)
El lugarteniente, hombre verde, reverdecia
a pura mímesis, en la íntima espesura
disfrutando en soledad del devenir
del bosque, sin despegar de la pantalla
el ojo sano.
El ojo disfrutaba del paisaje nemoroso
en plena soledad, que el bosque multiplica.
Desbordado por el verde, plural y sustantivo,
el lugarteniente retozaba con lo puesto:
soñó que abandonaba su puesto, en busca
de otra verdad: El verdadero verde, que
hace germinar los cuerpos como bosques.
De un pantallazo, aplastó una mosca silvestre
que fatigaba la pantalla: Una menos,
verificó con el rabillo sano.
Pero no:
la verdad puede estar en las antípodas,
y emerger de los opuestos (hay quienes creen)
En un abrir cerrar, el bosque se llenó de ojos,
brotaban por doquier tantos ojos como hojas.
Ojos, entre la maleza superior, ojos abajo, a
la izquierda de su pantalla, señora, en las raíces
aéreas o adventicias, ojos. En los añosos troncos
semihuecos ojos; no había lugar en que poner el
ojo, donde no hubiera ojo recordando a otros ojos.
Ojos hematófagos, xilófagos, antófagos,
polífagos. El ojo sano era el único testigo
y no había un interlocutor válido, para
intercambiar visiones y dividir la tarea.
No voy a anonadarme: Un lugarteniente,
aunque esté solo, debe mantenerse firme
en sus principios, defenderlos hasta las
últimas consecuencias, mantener la línea
y reconocer al enemigo.
Entre la miríada de ojos escrutantes
pudo atisbar y reconocer uno especial,
bastante anómalo para animal:
el de un periscopio que libre y soberano,
parecía disfrutar la soledad del bosque.
El lugarteniente se puso más que verde,
un verde más intenso que singular:
Ni acá se puede tener intimidad…
Observó para sí, mientras con el ojo
útil vigilaba la multitud creciente de ojos
y preparaba la emboscada final.
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