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sábado, 11 de diciembre de 2021

La posición tomada

 

(Aquino Lamas)

 

Gozo de una posición.

Me reconozco humilde en relación
a otras posiciones posibles o gozables.

Poseer es un verbo transitivo,
me hizo saber al pasar
un poseído ocasional.

(Las ocasiones pasan, mientras las
vocaciones dudan al pasar)

¿Sólo se goza lo que se posee?

El goce infinitivo sin el verbo poseer
es como el sujeto sin su adjetivo
posesivo:  carece de sentido.

¿Cuánta verdad podemos poseer?

Sin datos fidedignos, confiamos en la función
verbal, en el orden de la sintaxis y en los
recursos retóricos procedentes.  

Pero hay verbos que son pura metáfora.

¿Cuál es la función de la metáfora?

Un artificio, un recurso retórico que excede
la función poética y sirve para todo, como la
empatía, incluso para formular esta pregunta.

Pienso lo que poseo  ¿Poseo lo que pienso?
El pensamiento propio reconoce la posibilidad
de que otros piensen distinto. O, por el contrario,
estén pensando lo mismo  (generamos empatía)

Poseer, ser poseído, son formas posibles
e ilusorias de tramitar el goce, transitivo
o no.

¿Cuál es la función del sujeto?

¿Hay otra?

Hay que ser funcional:  Sólo así me reconozco
en relación al goce de mi posición en la circulación
de metáforas.

El sujeto, puede adoptar diversas posiciones
ante el cuerpo metafórico en desarrollo, y
adoptar el sentido que desee.

El intercambio de posiciones
puede enriquecer el vínculo y lubricar
el tránsito de un estado a otro
en el concierto de las nociones que conniven,
concomitan para acceder al goce del arte
de la metáfora.

Estoy cómodo en esta posición:
ahora ya no  (Una verdadera metáfora no tiene
por qué contener verdades, pero sabe: la realidad
está hecha de metáforas)

Un poema sin metáforas
puede resultar incómodo al lector metafórico
y despertar sospechas  ¿es un poema? ¿o sólo
un engaño?

Una realidad razonable:  

El hombre de la calle no necesita metáforas.
Aunque “una buena metáfora, es más real que el
hombre que pasa por la calle”

Estoy cómodo con mi posición, aunque no sea
una posición cómoda para un observador
independiente.

No sé si gozo, pero la comodidad es condición
para el goce de cualquier propiedad posible.

¿verdadero o falso?

(Pregunta la metáfora)
 

jueves, 9 de diciembre de 2021

Para nadar al nido

 

(Abel A. Borda)

 

Para nadar hasta el nido
no es preciso acaudalarse, acreditarse
ni caer en precipitaciones infundadas.

Hay un fondo común, los nidos
de palabras pueden reproducirse
en cualquier rincón o ángulo del agua
e incluso desarrollar en cautiverio.

Las palabras que se lleva el viento
no se cuentan entre las víctimas
exitosas, ni cantan celebrando su
cantidad.

Son cuantiosas las voces que se elevan
sin saber como caer.

Sabemos:  Saber nadar o dividir
no justifica el miedo medio
a la aventura de crecer sin causa.

Las aves saben aprovechar el viento,
el agua, lo no sonoro y sus corrientes
para llegar al nido y entrar
por la ventana si es preciso.

Airosas, las palabras no se descomponen
en el agua, flotan discretas en el río
como algunas aves, entre algas anfibias,
organismos que pacen y relucen
como preguntas autóctonas.

Ver vacilar el agua entre las sílabas
de un precipitado no equivale a ver
pasar las estaciones o contemplar
la flotación de aves o palabras
en el río  (el río no es nunca el mismo,
ellas lo saben y saben mantenerse a flote:
van y vienen, como la brisa al reirse)

martes, 7 de diciembre de 2021

El onanista enamorado

 

(Horacio Ruminal)

 

Hay especies hermafroditas, como el caracol,
que pueden adoptar indistintamente uno u otro
papel en el amor, o en el comercio sexual para
aquellos que entienden  que el amor es otra cosa,
y algo exclusivo del animal humano, una especie
superior.

¿Qué sabemos del amor?

No se puede ser objetivo en el amor.
El amor supremo, que inspiró a Coltrane en los
últimos destellos de su saxo, era ajeno al sexo y a
la carne.
Hay diversas formas de amor, pero para cualquier
creyente el amor por antonomasia, el amor de tu
vida y la de cualquier contribuyente sin distinción
de raza, credo, clase social o pertenencia política,
el amor remite al deseo, que se consuma en el sexo.

Los cuerpos se unen, se funden, se confunden, se
entregan, se poseen, se disponen y quien sabe
cuantos verbos más podrían concurrir a representar
el acto supremo del comercio carnal con dicho
sentimiento.

II
¿Somos superiores?

La cópula entre caracoles/as puede durar muchas
horas, para envidia de tanto libidinoso sexópata
que pulula entre nosotres.  ¿Cómo harían para
mantener sus erecciones, esos cuerpos elementales
hechos de pura agua?

No importa, es una mera cuestión biológica. Pero
el amor…
¿Quién puede pensar en un caracol enamorade?

No, no es amor, sólo se excitan respondiendo al
llamado de la carne, o del agua, o lo que sea:  es
sólo un mandato biológico.

El caracol enamorado no es posible, ante todo
porque no piensa. El amor es un sentimiento que
se arma en el intelecto, a partir de ciertos estímulos.
Para pensar en el amor, primero hay que poder pensar:

Pienso, luego amo.  No sé, lo voy a pensar…


III
Pero dejando de lado al caracol, que bastante tiene
con sus actividades esenciales (el sexo y la producción
de baba), no todo es intercambio en el amor:
Hay especies hermafroditas, capaces de auto reproducirse.
No necesitan  a otro, otra, otre; ni necesitan levantar la
autoestima para resultar deseables a otros ojos.
Cultivan el amor propio hasta sus últimas
consecuencias.
Quien sea capaz de desearse a sí mismo, tiene poco
por resolver en esta vida signada por el intercambio
(Claro, siempre que sea correspondido)

Faltaría agregar, que se ahorran el trámite de la
seducción, una práctica bastante difundida en la
Naturaleza: Algunos desarrollan movimientos
complejos en danzas ceremoniales, otros despliegan
sus colores o emiten cantos específicos, y están
aquellos que hacen gala de su destreza y poder
batiéndose con sus competidores. Lo animales humanos
solemos hacer todo eso y algunas otras cosas más
ridículas para conquistar al objeto de nuestro deseo.

Estas criaturas no, no necesitan conquistar ni ser
conquistadas:  el sujeto contiene a su propio objeto,
o viceversa, basta desear para obtener satisfacción, sin
intermediarios.

Puede parecer algo indeseable para nuestra naturaleza
superior, signada por el intercambio  (de fluídos, objetos,
palabras, mercancías, valores), la competencia y el amor
al prójimo.


IV
Aceptamos y practicamos el sexo sin amor, y la libre
práctica de todas las opciones posibles del sexo
consentido.  Pero hay un sentido más difícil de aceptar:
La negación de la dependencia.
Ser es depender, desde el metabolismo hasta el amor;
desde la configuración genética heredada hasta la
condición histórica del sujeto y sus formas de acceder
al goce.  El ser social, siempre dependió: Nació de la
aceptación de la dependencia y sabe que depende y
siempre dependerá de otros, aunque pueda gozar de
algunas libertades en su intimidad inapropiable, como
elegir los medios para obtener su goce, con quien
tramitarlo, producirlo o ¿compartirlo?

¿Se puede compartir? ¿es social, el goce?
La percepción del goce del otro, puede estimular
el propio, pero ¿compartimos el goce, o sólo una
actividad que lleva a él, en la que el otro es sólo
un medio para obtenerlo?


V
“Nunca amamos a nadie. Amamos, tan solo, a la idea
que nos hacemos de alguien. Es a un concepto nuestro
-en suma, a nosotros mismos- a lo que amamos.

En el amor sexual, buscamos un placer nuestro dado
por intermedio de un cuerpo extraño. En el amor no
sexual, buscamos un placer dado por intermedio de una   
idea nuestra.

El onanista es abyecto, pero, en exacta verdad, es la
perfecta expresión lógica del amante. Es el único que
no disimula ni se engaña”

           Fernando Pessoa  (Libro del desasosiego)


VI
La poesía, puede a veces revelar aquello que desde
otras disciplinas del conocimiento permanece en la
oscuridad.

El onanista es abyecto…

Como esos organismos hermafroditas y autosuficientes,
no depende, más allá de su fantasía. Se autosatisface, se
autoexcluye del mercado sexual y sus condiciones que,
según las circunstancias, pueden resultar arbitrarias:  No
todos gozamos de las mismas oportunidades.

¿No se enamora?

Sí, acaso más que cualquier mortal, según expertos en
esta disciplina: la intensidad excesiva de su deseo, eleva
al objeto a un lugar sin esperanzas de ser alcanzado por
un abyecto como él.
Es, en esencia, un idealista que aspira a la perfección.
No toleraría la decepción, y sabe que ninguna relación
es perfecta.


Pero esos seres hermafroditas y autosuficientes, no nos
resultan abyectos, sino algo extraño y curioso.
¿Por qué?


1) Porque están fuera de nuestro orden, no pertenecen a
    nuestra especie.
2) Porque pueden reproducirse y cumplir con el mandato
    biológico y las leyes naturales. Cumplen, a su modo,
    con su deber de preservar la especie: Producen nuevos
    individuos.

El onanista no produce nada, más allá de su propio goce,
siempre sospechoso  (El goce, es un señuelo, un artificio
biológico para favorecer la reproducción y perpetuar las
especies que gozan)  y sin una función social ni biológica.



VII
¿Somos superiores, respecto de los autosuficientes?
Sí, para la biología, la reproducción entre dos
redunda en ventaja evolutiva, por el intercambio de
material genético.  La reproducción unimembre, solo
replica la información exacta del amante autónomo.
La selección natural, queda reducida a los cambios
adaptativos que incorpora la experiencia individual.

Es decir, que al cabo de miles o millones de años, la
evolución registrada será casi nula.

Nuestra naturaleza superior, producto del intercambio,
sucesivas adaptaciones selectivas, junto al comercio
genético, operó el sentido evolutivo en nuestra breve
pero agitada historia filogénica y ontogénica, dotándonos
de los medios para modificar la realidad, la Naturaleza
(y a su vez, ser modificados por los cambios que
producimos) trascendiendo el Orden Natural a partir
de la conquista de la conciencia, el acceso al Orden
Simbólico, el desarrollo del pensamiento abstracto y
la producción de conocimiento.


VIII
Pareciera ocioso, desde el estado evolutivo alcanzado,
cada vez más provisorio, preguntarse si somos superiores:

Mientras estas criaturas elementales se replican a sí
mismas, obteniendo siempre el mismo resultado,
nosotros, como vanguardia evolutiva del mundo sensible,
construimos civilizaciones altamente desarrolladas y
disponemos del conocimiento y recursos tecnológicos
que nos permiten saborear el éxito de la clonación
humana.  

Nuestros clones, serán capaces de verificar hasta que
punto el onanista es abyecto, sin duda.

Y todo gracias al amor, como cantaba el rey. 




viernes, 3 de diciembre de 2021

La última palabra

 

(Aquino Lamas)

 

Nunca tuve la última palabra,
pero no fue impedimento
para pronunciarme, ya a favor
o en contra de los límites que fluyen
a ambos lados de la palabra última.

Tampoco recuerdo mis primeras
palabras, aunque es probable que
haya querido decir otra cosa, como
sugiere el predictor.

Es irrelevante, lo importante no es
lo que se dice, sino cómo  -la forma-
(decía alguien que conozco, que acaso
lo escuchó de otro y le gustó la forma
en que lo dijo)

No importa quien lo dijo primero, ni
quien tiene la última palabra.

Hay formas:
¿Cuántas versiones puede haber de un
mismo tema? ¿No hay, incluso, alguna
que supera al original?

No tengo todavía la última palabra,
pero hay otras con que seguir la cadena
de oraciones, hasta llegar a la meta, a la
Meca, o al cierre definitivo. En fin:

Cuando llega el fin, cualquier palabra
puede servir de última, hasta ésta.




martes, 30 de noviembre de 2021

Efluvios asimétricos

 

(Pascual Rambler)

 

Súbitos óbices relucen sucesivos,
en la súmula litúrgica, en la cántiga,
en el cógito del unigénito
y en la mácula del prójimo.

Súbitos éxitos rozagan como púbises
en la égloga analógica, en el ápice
que ofrece su vigencia póstuma
y en el vértigo submúltiplo que roza
tu pseudópodo poético.

Cultivo una rosa extinta,
en medio del camino de la muerte
con vocación de futuro y empatía resiliente.

Cultivo en el desierto,
sobre los restos reciclables
de ciclámenes apócrifos.

No participo de fiestas populares,
de piras bautismales y cantos
ceremoniales, ni de los verbos cómplices
que aportan sus efluvios cloacales.

Abono mi cultivo con residuos patológicos
de última generación:  estamos generando.

No estamos solos  (si se aisla el virus
del poema, queda el vector acéfalo en
espera de la pregunta incorrecta)

No, no estamos solos:  Nos unen aglutinantes,
emulsionantes, excipientes, conservantes
naturales y saborizantes permitidos. 



El merodeador rodeado

 

(Amílcar Ámbanos)

 

El merodeador estaba rodeado,
y aún sabiéndose rodeado
no se apichonó y apechugó:

Hay que saber rodearse
sin regodearse en rodeo ajeno,
y saber abandonar el centro
de atención a tiempo.

Estamos rodeados de merodeadores:
Todos somos merodeadores de
deseo ajeno, pensó con moderación
el pájaro de mal agüero, hablante,
deseante, rodeado, pero entero.

Luego. echó un vistazo a la redonda
verificando su ángulo de fuga, para
elevarse en un solo movimiento
discreto y uniforme y salir
airoso del éxito alcanzado

o merodeado.

domingo, 28 de noviembre de 2021

La piedra y el valor de cambio

 

(Asensio Escalante)

 

No esculpas para arriba,
ni bajes el martillo
en dirección al cielo.

La bóveda celeste
no es celeste ni bóveda
ni verbo que obedezca.

No esculpas para arriba
ni hacia abajo.  Más bien
vacila hacia los lados
de tu glándula pineal.

No pierdas las formas:
No pierdas la piedra
buscando una forma
que exculpe tu falta.

No penes tallando otros penes.

Una piedra perdida en el camino
no se altera, no busca su rebaño
ni espera sumarse a la manada.

Puede que no sirva para nada
y que sea emanación divina,
como tú.

Si tuviera que dudar, no dudaría:

La piedra sólo sirve para ser piedra.
Grande o pequeña, lisa o rugosa,
abovedada o angulosa, preciosa o
despreciable, sabe permanecer
irreductible.

Perdida, no pedirá perdón ni ayuda
a otras piedras más expertas.

No sabe empedernirse, empoderarse
ni emprender la fuga.

Pero aún perdida, la piedra no suele
estar más desorientada que un pastor
de rebaños:  sabe ser parte del camino,
sin doblegarse ni reproducirse.

No necesita predicar con el ejemplo
para que otras piedras sigan su camino
ya empedrado.

Sin predicar, goza su propio predicamento.
No es aventurado extenderse en esta
prédica y reconocer el valor histórico
de la piedra para la civilización:

Arrojar piedras pudo haber sido
una de nuestras primeras formas
de comunicación.

Ninguna piedra espera su punzón.


 
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