(Luis Espéculo)
Nunca
me gustaron los desfiles.
No
recuerdo haber asistido nunca
a
ninguno.
Si
hay algo que no me atrae, bajo
ninguna
forma, eso son los desfiles.
Pero
tienen su público, hay quienes
van
y llevan a sus hijos pequeños:
No
creo que pueda haber nada más
aburrido
para ellos.
Es
posible que en mi infancia haya
tenido
que padecer esa experiencia.
Es
natural olvidar todo aquellos
que
supo aburrirnos.
En
ese sentido, los desfiles son peores
que
las marchas: No menos absurdos,
pero
más aburridos.
Esa
pretensión de unidad a través
del
movimiento mecánico de un rebaño
de
mamíferos uniformados y obedientes
manteniendo
un paso artificial, al ritmo
de
una banda digna de mejor causa.
Si
por mi fuera, ni sabría lo que es un
desfile,
aunque entiendo que es difícil
permanecer
ajeno; es una práctica que
subsiste
en el tiempo:
En
todas las épocas los hubo, desde
que
el hombre abrazó las armas y
descubrió
la vocación de servicio.
Todos
los grandes imperios, suelen
realizar
desfiles ostentosos y
multitudinarios
en sus celebraciones.
Pero
otros estados, mucho más modestos
y
casi insignificantes, que no parecieran
tener
mucho que celebrar, tampoco se
privan
de esta práctica ridícula.
Luce
como una tradición de la disciplina
celebrándose
a sí mism, algo tan inútil
como
grotesco.
II
Nunca
me gustaron los desfiles,
no
sé si lo dije. Siempre me mantuve
al
margen, hasta el día que tuve que
desfilar,
obligado por mi condición de
contribuyente
bajo el Servicio Militar
Obligatorio.
Ese
es el único desfile que recuerdo,
fue
una experiencia reveladora.
Si
bien no había público, ya que estábamos
a
dos mil km. de nuestros hogares, podía
percibirse
un clima emotivo en ese acto,
que
incluía jura de la bandera y desfile:
Esto
último lo habíamos ensayado bastante,
lo
otro no. Noté emoción en mis compañeros,
se
contagiaba.
Ante
la pregunta de la autoridad, todos
respondieron
con energía: ¡Sí, juro!
Yo
sentí abrirse mi boca, fue algo mecánico,
el
éxito del contagio emotivo. Aunque no
llegué
a emitir nada, comprendí que sería
inútil
el esfuerzo entre tanto griterío, además
de
no creer en símbolos, ni imágenes.
Pero
juro que me emocionó la situación,
esa
experiencia, acaso única en la vida:
Es
conmovedor observar como los humanos
nos
emocionamos con cualquier cosa.