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lunes, 22 de diciembre de 2025

Desfile solitario

 

 

(Luis Espéculo)

 

Nunca me gustaron los desfiles.

No recuerdo haber asistido nunca

a ninguno.


Si hay algo que no me atrae, bajo

ninguna forma, eso son los desfiles.


Pero tienen su público, hay quienes

van y llevan a sus hijos pequeños:

No creo que pueda haber nada más

aburrido para ellos.


Es posible que en mi infancia haya

tenido que padecer esa experiencia.

Es natural olvidar todo aquellos

que supo aburrirnos.


En ese sentido, los desfiles son peores

que las marchas: No menos absurdos,

pero más aburridos.


Esa pretensión de unidad a través

del movimiento mecánico de un rebaño

de mamíferos uniformados y obedientes

manteniendo un paso artificial, al ritmo

de una banda digna de mejor causa.


Si por mi fuera, ni sabría lo que es un

desfile, aunque entiendo que es difícil

permanecer ajeno; es una práctica que

subsiste en el tiempo:


En todas las épocas los hubo, desde

que el hombre abrazó las armas y

descubrió la vocación de servicio.


Todos los grandes imperios, suelen

realizar desfiles ostentosos y

multitudinarios en sus celebraciones.


Pero otros estados, mucho más modestos

y casi insignificantes, que no parecieran

tener mucho que celebrar, tampoco se

privan de esta práctica ridícula.


Luce como una tradición de la disciplina

celebrándose a sí mism, algo tan inútil

como grotesco.


II

Nunca me gustaron los desfiles,

no sé si lo dije. Siempre me mantuve

al margen, hasta el día que tuve que

desfilar, obligado por mi condición de

contribuyente bajo el Servicio Militar

Obligatorio.


Ese es el único desfile que recuerdo,

fue una experiencia reveladora.


Si bien no había público, ya que estábamos

a dos mil km. de nuestros hogares, podía

percibirse un clima emotivo en ese acto,

que incluía jura de la bandera y desfile:


Esto último lo habíamos ensayado bastante,

lo otro no. Noté emoción en mis compañeros,

se contagiaba.


Ante la pregunta de la autoridad, todos

respondieron con energía: ¡Sí, juro!


Yo sentí abrirse mi boca, fue algo mecánico,

el éxito del contagio emotivo. Aunque no

llegué a emitir nada, comprendí que sería

inútil el esfuerzo entre tanto griterío, además

de no creer en símbolos, ni imágenes.


Pero juro que me emocionó la situación,

esa experiencia, acaso única en la vida:


Es conmovedor observar como los humanos

nos emocionamos con cualquier cosa.

 

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