(Serafín Cuesta)
Ahora vuelvo,
repetía el desertor arrepentido
a quien quisiera oírlo.
Nadie podía oírlo, estando solo
en el desierto desolado.
Vuelve a intentarlo,
dijo una voz conocida:
Era la voz de la conciencia.
En el desierto, la conciencia
crece y se expande sin límite,
como el viento que juega
con la arena.
Es una superficie plana, una
extensión que se expande
hasta perderse, como se pierde
la noción del tiempo:
Un mediodía que se vuelve
eterno, como la noche desierta
del principio de los tiempos.
La noche, a esa altura,
es un agujero negro.
Ahora vuelvo,
el desertor escucha el eco
de su propia voz hecha conciencia.
Pero no vuelve, ni se reconoce.
Su alma parece haberlo abandonado,
pero no la conciencia:
Ahora conoce al agujero negro,
y ve que al final no era tan negro.
Ni siquiera tiene forma de agujero,
piensa sin arrepentirse.
Ahora vuelvo.
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