(Carlos Inquilino)
La desinversion nos condenó
al desdén, al desasosiego, al
desamparo, al desarraigo, a la
desaprensión y al descontrol
de la disipasión que desarrolla
la desocupación estructural.
Las malas decisiones de unos
y otros repitiéndose en el tiempo,
nos sumieron en este estado de
desinversión crónica, sistémica.
No sólo estamos huérfanos
de inversión externa e interna, sino
que nadie espera que ésto pueda
revertirse a futuro:
Nadie espera nada, mientras reina la
resignación, más y más empoderada:
No fuimos capaces de atraer
las inversiones que necesitábamos
para no depender.
Ya no se oye hablar con esperanza
de los fondos de inversión. Ni se habla,
tampoco: Los últimos que se fijaron
en nosotros fueron los fondos buitre,
pero ya ni eso.
Lo que queda del empresariado nativo,
la burguesía autóctona, invierte afuera:
Acá no hay incentivos, no tenemos nada
que ofrecer. más allá de seguridad jurídica.
Los recursos naturales ya no nos pertenecen,
vivimos de prestado, se puede decir.
Se perdió la fe, dicen que es lo último que se
pierde: Al menos un alivio.
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