(William Arsenio Pereyra)
El paso empastado del pastor
se hacía difícil de seguir
para el rebaño ausente.
El pastor arrepentido, sabía
que podía volver a arrepentirse
y estaba decidido.
Empastado en su paso desacompasado,
no se detenía, ni pensaba en detenerse
salvo que una fuerza superior lo moviera
a hacerlo.
Sabía que estaba solo, pero eso no podía
afectar la calidad de su labor pastoral, esa,
su misión divina, empoderado como estaba.
Aceptaba su fracaso y lo reconocía, como
buen pastor arrepentido, aunque lo atribuía
al exceso en el uso de adjetivos como éste,
que lo había dejado empantanado, como
pasta a medio hacer, en la vastedad de esas
pampas desoladas, incultas, sin valores
ni ganados.
Vacilaba entre sus pasos empastados
pero no, no era cuestión de doblegarse
y abandonar su misión:
Ya se había arrepentido otras veces,
y sabía cómo volver a hacerlo
si fuera necesario, estaba decidido:
No iba a desertar hasta no llegar
al verdadero desierto.
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