(Egberto Ovando)
Un huevo no identificado
se apersonó en mi casa:
Era un huevo de buen porte
y bastante desarrollado.
A juzgar por su tamaño, quien
lo hubiera desovado no podría
pasar desapercibido en la superficie
de mi propiedad horizontal.
Sería raro, pensé, que no anduviera
por aquí; nadie se aleja mucho
de su huevo, salvo que decidiera
abandonarlo.
Ese pensamiento me apenó:
es triste ser un huevo abandonado,
contemplarlo también, e incluso
contemplar esa posibilidad.
También podría tratarse de una trampa
para ponerme a prueba. El Hacedor
suele hacerlo: Él gusta ponernos a prueba
con artilugios insospechados, para juzgar
nuestra conducta.
¿Y si no era lo que parecía?
No conozco mucho, pero tenía toda
la expresión de un huevo hecho y derecho.
Pero no estaba en condiciones de afirmarlo
y no contaba con recursos para verificarlo
en forma fehaciente.
Dudé: No sabía si denunciarlo, empollarlo,
incubarlo o incluirlo en mi almuerzo.
Me persigné, antes de tomar una decisión
que acaso no fuera la correcta.
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