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jueves, 20 de noviembre de 2025

Lo que entra por los ojos

 

 

(Abel A. Borda)

 

El ojo no tiene por qué girar

como un manojo de órbitas opuestas

por el eje, o un racimo de cuerdas

cimarronas sometidas a tensiones

circulares.


El ojo no tiene una memoria ojival

para repetir el giro o recuperar un

jirón de pasado.


Tiene su propia órbita, su radián,

su cuévano y sus ángulos internos:

casi un nicho como para permanecer

ajeno a la necesidad de repetir


su órbita, su radián, su cuévano y sus

ángulos internos como cualquier nicho.


Sólo las necesidades se repiten

a su antojo, como una oración sin fin

que nunca se define.


El ojo ojea el horizonte,

otea lo que yace bajo o sobre

y el viento horizontal 

que se expande como espam.


Se abre y se cierra sin otro estímulo

que el automatismo de la reproducción

retráctil: observa el movimiento del abrojo

joven, envejeciendo en cada giro, entre

girones de jerundios como ese.

 

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