(Abel A. Borda)
El ojo no tiene por qué girar
como un manojo de órbitas opuestas
por el eje, o un racimo de cuerdas
cimarronas sometidas a tensiones
circulares.
El ojo no tiene una memoria ojival
para repetir el giro o recuperar un
jirón de pasado.
Tiene su propia órbita, su radián,
su cuévano y sus ángulos internos:
casi un nicho como para permanecer
ajeno a la necesidad de repetir
su órbita, su radián, su cuévano y sus
ángulos internos como cualquier nicho.
Sólo las necesidades se repiten
a su antojo, como una oración sin fin
que nunca se define.
El ojo ojea el horizonte,
otea lo que yace bajo o sobre
y el viento horizontal
que se expande como espam.
Se abre y se cierra sin otro estímulo
que el automatismo de la reproducción
retráctil: observa el movimiento del abrojo
joven, envejeciendo en cada giro, entre
girones de jerundios como ese.
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