(Serafín Cuesta)
Solfeando al sol
con mi metrónomo de arena
y vista al mar.
La arena y el mar
hacen buen maridaje
desde antes que supiéramos
solfear.
Sólo que el mar tiene su propio ritmo;
cuesta seguirlo, porque nunca es
el mismo.
Tampoco uno, aunque solfee
como un desesperado:
¿Qué se puede esperar del ritmo,
qué esperar del mar?
Hay que aventurarse en su espuma
rítmica y entablar lo que sea
que el mar disponga.
La arena sumergible del metrónomo
permite entrar y salir sin pérdida
de masa temporal, solfear las olas
bajo el sol hasta atravesar la rompiente.
Ahí, hay que volverse espuma, lábil
y retráctil y mantener el pulso ante
la mirada del mar que nunca se detiene
(Hay que aprender a nunca detenerse
aunque no vaya, uno, a ningún lado)
Es difícil sostener esa mirada soberana
solfeando como un desesperado.
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