(Aurelio Herlein)
Gracias a la evolución
conquistamos el fuego, la conciencia
y el pensamiento abstracto, tan útil
para la producción de conocimiento
como para otros fines.
Aunque sabemos que sólo una parte
del conocimiento producido es útil.
Desde una lógica evolutiva, nos
reconocemos bípedos con un pasado
cuadrúpedo: Fue un paso necesario,
no seríamos lo que somos sin haber
sido cuadrúpedos.
Con la misma lógica, no es difícil
concebir que el cuadrúpedo no siempre
lo fue, sino que es también producto de
la evolución.
Lo que significa que para ser cuadrúpedos
antes hubimos sido octópodos, condición
que nos emparenta al pulpo y al arácnido.
Aunque el pulpo es un cefaĺópodo, y es
bastante más inteligente que cualquier
insecto conocido, aunque no se nos parece.
En nosotros, la evolución priorizó
el crecimiento de la cabeza, lo que nos hizo
superiores y nos obligó a nacer antes de
tiempo.
El ciempiés es un ancestro muy lejano
como para identificarnos, no nos despierta
la misma empatía que una araña doméstica,
pero nos deja una enseñanza:
Si bien la forma en que nos desplazamos
en el mundo, expresa un sesgo evolutivo,
la superioridad no guarda relación con el
número de miembros afectados a la tracción:
La cantidad no cuenta, el tamaño no importa,
lo determinante es lo que podamos hacer con
ellos, gracias a nuestras capacidades naturales
o adquiridas.
La mayor parte de todo lo que somos
y hacemos, es adquirida: Nuestro poder
adquisitivo nos ubica en la cima
de la escala evolutiva.
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