(René Gociarte)
Hay personas que no tienen vocación,
no la conocen, o incluso la rechazan
o se resisten a tenerla.
Se puede negar muchas cosas, y hasta
descreer de la vocación, sin que eso
impida desarrollar alguna:
Hay quien rechaza todo, por pura
vocación. Aunque, por lo común,
las vocaciones más conocidas no
son tan puras.
Yo, sin ir más lejos, rechazaba sin medias
tintas la bancarización, la banalización
de la información, la digitalización
y la navegación virtual o presencial.
Para muchos, podía parecer un inadaptado,
un neurodivergente con disonancia cognitiva
o un asocial y enemigo del progreso.
No me afectaba, no sentía que tuviera
que adaptarme, ni sentía necesidad:
No tenía esa vocación.
Cuando empezó a circular la telefonía
celular, en poco tiempo andaban todos
con esos aparatitos y yo permanecía ajeno:
No quería saber nada, me resistía a sumar
otro artefacto a la dependencia natural
que ya tenemos con el reloj, y otros.
Hasta que la realidad me lo impuso:
Alguien de mi familia compró uno,
era una promoción que incluía otro,
más humilde, de regalo:
Me tocó a mi, era el único que no tenía.
Lo acepté con resignación, pero no le dí
importancia. No lo usaba, ni lo llevaba
conmigo cuando salía:
Esa porquería no iba a cambiar mi vida,
ni a alterar mis valores analógicos.
Ahora, no puedo vivir sin conexión
y me resisto a aceptarlo como vocación.
No hay comentarios:
Publicar un comentario