(Serafín Cuesta)
El mundo es como un bosque.
El bosque es como un mundo
donde conviven variedad de
especies animales y vegetales.
Cada una procura su sustento
y responde, desde su propio
metabolismo, al mandato
biológico común a todas:
Conservarse y reproducirse.
Algunos son alimento de otros
y todos, sin excepción, dependen
de otros.
El bosque es un mundo, un sistema
en equilibrio natural, vital para todos.
Con una excepción:
Entre tanta diversidad en desarrollo,
surge una especie que se siente
superior a todas. Tanto, que deja de
sentirse parte del bosque, al que
ahora considera un “recurso”.
Tiene un lenguaje propio y desarrolló
el sentido de propiedad: Siente que
todo le pertenece, dentro y fuera del
bosque.
El lenguaje le sirve para justificar
todo lo que haga, y cuenta con recursos
para alterar el equilibrio del bosque
en su propio beneficio y expandir sus
dominios mucho más allá.
Gracias a la propiedad y sus recursos,
desarrolló una técnica para aprovechar
cada vez mejor sus recursos naturales.
Puede suprimir especies a su antojo,
crear otras más productivas, acabar
con el bosque y diseñar otros más
ventajosos y útiles a su propio modelo
de desarrollo, sin límites.
¿Quién podría poner límites
a criatura tan poderosa?
¿Quién podría poner límites a su voluntad,
y a la libertad de expandirse y conquistar
el futuro?
Sabe que no hay inteligencia superior
a la suya y que la inteligencia es poder.
Por eso no descansa, y se empeña en
aumentar ese poder en forma artificial.
Confían en sus fuerzas productivas,
el crecimiento indefinido y las fuerzas
del orden para quienes no entren en razón.
Sólo nosotros producimos conocimiento
útil: El mundo depende de nosotros, con
todos sus bosques, vivos y muertos.
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