(Epifanio Weber)
Cada uno posee lo que merece,
pero no todos merecen lo que
poseen.
Segismundo Santos de Armas
no era un poeta popular
en ninguna de sus acepciones.
No gozaba de la aceptación del
público ni de la crítica.
Pero más allá del sentimiento impopular
que despertaba, poseía un prontuario
intachable como poeta de averías.
A ver, decían sus detractores, nómbreme
algo en él que sea distinto a la contradicción:
Hasta su nombre, que evoca a las armas de
la Fe o remite a alguna guerra santa mientras
que él se reconocía ateo y pacifista.
En efecto, nunca pudo resolver la contradicción
original que todos compartimos.
Él sabía que caminaba por un borde peligroso,
siempre a un paso del abismo, saltando de una
contradicción a otra. Y que no podía detenerse:
“Sólo los poemas pueden detenerse,
y entregar su vida a cambio
de una forma definitiva”
Eso, y poco más, supo decir
la poesía de Segismundo,
cuyos pasos, siempre opuestos
ya no fatigan este mundo.
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