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lunes, 13 de octubre de 2025

El ojo que no ceja

 

(Amílcar Ámbanos)

 

Se crece en el exceso,

en los bordes que lamen las aristas

y en lo cóncavo.


Se crece en la noción abierta

al movimiento que desborda al verbo

y subobserva al subsumido.


Se crece en la función inversa

al tiempo recabado y en los bordes

aristas desflecadas por la acción

y la exacción exacta:


Limar, lamer el sublimado, amaromar

las sobrecargas olfativas de la lengua

madre de todos los excesos.


El ojo que no ceja observa, apunta

y clava su aguijón poroso al subsumido

como un dios.


Un dios que crece sin desvío y sube

desde el vértice apical hacia los bordes

de la carne sin verbo: esa envergadura

ociosa y deshabitada.


Se crece en el exceso

de dioses excesivos descendimos,

descendemos: Su verba dividida en lenguas

que obedecen y se inclinan como los dioses.


El ojo que no ceja parpadea, subobserva

y asemeja, subvirtiendo los límites más

cóncavos, para que todo sea y descomponga

 

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