(Amílcar Ámbanos)
Se crece en el exceso,
en los bordes que lamen las aristas
y en lo cóncavo.
Se crece en la noción abierta
al movimiento que desborda al verbo
y subobserva al subsumido.
Se crece en la función inversa
al tiempo recabado y en los bordes
aristas desflecadas por la acción
y la exacción exacta:
Limar, lamer el sublimado, amaromar
las sobrecargas olfativas de la lengua
madre de todos los excesos.
El ojo que no ceja observa, apunta
y clava su aguijón poroso al subsumido
como un dios.
Un dios que crece sin desvío y sube
desde el vértice apical hacia los bordes
de la carne sin verbo: esa envergadura
ociosa y deshabitada.
Se crece en el exceso
de dioses excesivos descendimos,
descendemos: Su verba dividida en lenguas
que obedecen y se inclinan como los dioses.
El ojo que no ceja parpadea, subobserva
y asemeja, subvirtiendo los límites más
cóncavos, para que todo sea y descomponga
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