(Valdemar Claramnte)
A la entrada del abra
había una cabra.
Menos amigable que otras
que conocí, la cabra custodiaba
la entrada al abra: el paso
de afuera hacia adentro.
¿Qué habría en el interior
del abra, para que guardiana,
la cabra custodiara?
El abra permanecía abierta
pero inaccesible: la cabra
se interponía, denegando el paso
a intrusos.
Cerrada a toda negociación,
impertérrita, la cabra seguía ahí,
insobornable cual si cumpliera
una orden superior.
Tan impenetrable como el abra,
la cabra no atendía argumentos
ni súplicas.
Empacada como una mula,
inflexible como el horizonte,
encaprichada en impedir la entrada
y el flujo natural del turismo intrusivo.
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