(Serafín Cuesta)
Las primeras proteínas
no eran animales ni vegetales.
No se reconocían en ninguno
de los reinos inexistentes.
Era difícil diferenciar
la materia orgánica de otras.
La química, el azar, ¿Dios?
hicieron el resto, a partir de la
la emisión de una pequeña célula,
un organismo: una bacteria.
Era una bomba de tiempo,
todo el futuro estaba concentrado
en ella, con su humide protoplasma
y un nucleo insignificante.
El metabolismo comenzaba
su carrera.
La bacteria se alimentó, descansó
y vio que era bueno:
Tenía todo por delante, todo por
hacer. Sólo que estaba sola, y no
podía compartir esa experiencia
única e inédita.
Entonces vaciló como un bacilo:
Eso no era vida, aunque funcionaba,
y no tenía muchas opciones. Sólo
cabía dividirse y ver qué pasaba.
Lo probó y vio que era bueno,
funcionaba.
Esa división original, hizo que todo
explotara. El resto, era cuestión de
tiempo.
La reproducción vertiginosa
hizo proliferar todo tipo de especies,
que se dividían todo el tiempo
multiplicando la diversidad.
Fueron tiempos de crisis, donde reinaba
la confusión; todo crecía y se reproducía
sin control.
Un verdadero caos, pródigo en oportunidades
que florecían sin que nadie las aprovechara:
No se había desarrollado el sentido
de pertenencia, y parecía que todo
era de todos.
Así, se comían unos a otros, sin ninguna
culpa, como si fuera natural.
Por fortuna, no tuvimos que participar
de esa época abyecta, ese caos donde
todo era violencia sin justificar.
Lo único rescatable y útil fue
el conocimiento de la división
que hizo posible la división sexual
y el desarrollo:
Gracias a la división nos organizamos
altamente, adoptando la división
del trabajo, la división de poderes y
la división en clases sociales, con
todos los beneficios que eso significa.
Las bacterias siguen reproduciéndose
por división, como al principio,
sin vanagloriarse de lo conseguido,
cual si no hubiera cambiado nada.
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