(Valdemar Claramonte)
¿Cuántas palabras necesitó el hombre
para acceder a la conciencia,
conquistarla y hacerse hombre?
Muchas menos que éstas,
no hay certezas sobre el número
pero se calcula que las primeras
hubieron sido monosílabos agudos:
Yo, tu, sí, no, ignoramos en qué
orden. Era suficiente para poder
entablar una comunicación básica,
elemental.
Luego vendrían verbos y sustantivos
dando respuesta a necesidades
comunes y primarias.
En ese segmento histórico, sin disponer
de verbos como saber o dudar, todas las
opciones se reducían a la aceptación o
el rechazo, ¿sí o no?
Por lo que las relaciones entre humanos
resolvían en conflicto, y todo se dirimía
por la violencia, que seguía siendo el
factor dominante en los vínculos de esas
comunidades primitivas:
Como antes, se imponía la ley del más
fuerte, anterior a la conciencia.
Fue, sin duda, el desarrollo de ésta, junto
al lenguaje articulado, lo que permitió
establecer acuerdos más razonables y
lograr entendimientos para poner fin a
la violencia.
La agregación de verbos y significantes
con distintas funciones, no se detendría
nunca.
En pocas palabras,
la evolución inteligente, ya en
marcha, había dado su salto más
significativo, y el hombre nunca
volvería a ser lo que había sido.
La conciencia funcionaba, y progresaba
sin pausa ampliándose, extendiéndose.
No sólo daría lugar al pensamiento abstracto,
al cultivo de la fe y el desarrollo prodigioso
de la memoria, aprovechando las experiencias
del pasado:
El homo sapiens comprendió que la conciencia
era y sería su mejor arma.
Somos conscientes: No todo lo debemos a las
palabras, pero sin ellas no hubiéramos hecho
mucho, ni aprendido nada.
Estamos, todavía, bajo la lay del más fuerte,
o del más astuto. No sabemos, ni hace falta.
Pero tenemos cada vez más leyes
y disponemos delas mejores armas.
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