(Eleuterio York)
El ojo virgen de la ojiva
apuntaba a los ijares de las crías
y a los ojales mustios
de los grandes criadores.
Una ojiva inteligente
no da puntada si hilo
y puede con mil valientes.
El valor de una ojiva
no se mide por sus gestos
de grandeza, ni el número
de gibas.
Tampoco por su poder
destructivo, ni su capacidad
ociosa:
El valor no se mide,
sólo se acumula como la energía
sexual que brota de las manos
del orfebre o el poeta ocasional:
Esa energía, bien tramitada
y sublimada convierte a cualquiera
en un poeta ocasional.
No se pierde nada al intentarlo,
sólo un poco de tiempo y energía
excedente.
Pero el ojo de la ojiva no descansa
en otros ojos: apunta a los ijares
y sabe que no tiene nada que perder.
Sus comisuras ni se mueven
y tiesa, su órbita brilla amenazante.
De poco serviría deponer las armas
y bajar las bnnderas:
El predio se perdió, la posición
también, per aún nos quedan
algunos perdigones.
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